Un extraño viento me trajo hasta aquí, con las más extrañas intenciones. Me susurraba extrañas palabras y me alborotaba el pelo. Dancé por esta extraña playa, cargando mis extraños recuerdos, cantando extrañas canciones, buscando extrañas maneras de llegar hasta ti. Otro extraño callejón donde esconderme de la extraña vida que me tocó en aquella extraña lotería. Vivimos en un tiempo extraño, Persiguiendo un extraño objetivo: Transformar nuestro cuerpo en alma. Y para ello tengo que hacer algo extraño, me marcho, os dejo, os extrañaré a todos.
No sólo de las tediosas horas laborales, de las obligaciones domésticas, de los compromisos sociales, del asfalto y el hormigón, del calor insoportable y omnipresente.
Necesito unas vacaciones de mí, así que abandono por unos días. Dejo mi vida en un cajón, me llevo sólo lo imprescindible.
A lo largo de su existencia había ido descubriendo poco a poco los secretos de su familia, desmadejando un caos de vidas destruidas, secretos inconfesables y mentiras perfectas. Había un denominador común invariable en cada una de las vidas que llevaban hasta ella, tan evidente y cíclico… Y sin embargo algo había escapado a cada una de las víctimas que habían permanecido.
La historia de su familia era una historia de abandonos, de amores perros que habían incendiado todo aquello que habían tocado, y habían acabado, como siempre acaban estas cosas, en pura miseria y ojos perdidos. Y cada uno de los supervivientes había vuelto a caer sin descanso en las garras de la locura y la tristeza negra y pegajosa, en los excesos de la soledad y las incongruencias del miedo.
Pero esa no era toda la historia, porque allí sentada, justo donde su abuelo había saltado dejando atrás esposa e hijos desconsolados, sentía la sangre de aquellos cabrones sin alma pulsando en sus arterias. Lo que le daba miedo no era formar parte de aquella cohorte de seres torturados, lo que le daba miedo era ser, como sabía que era, parte inequívoca de los torturadores.
Así que agachó la cabeza y miró con el corazón azorado las plumas que sobresalían por debajo del pantalón. Cogió aire, se subió los calcetines, y maldijo como siempre las alas que crecían una y otra vez en sus tobillos.
La última vez que me miré en el espejo tenía esa loca sonrisa felina. Ahora ya no puedo distinguirme.
Casi no estoy. Lo noto. Aunque nadie pueda ver diferencia alguna entre mi yo de ayer y mi yo de hoy, ya casi no estoy. Me desdibujo por momentos, y desaparezco por completo en ocasiones, sin embargo no me he ido del todo, aún respiro el mismo aire y piso el mismo el suelo. No sé cuanto tiempo me queda, pero no me preocupa, sé que no hay nada más que pueda hacer.
A veces la vida exige un cambio. Una transición como las estaciones. Nuestra primavera fue maravillosa. Pero el verano terminó…. Y dejamos pasar nuestro otoño. Y ahora, de repente, hace frío...tanto frío que todo se congela. Nuestro amor se durmió y la nieve...lo tomó por sorpresa, y si te duermes en la nieve...no sientes venir la muerte. Cuídate.
De todos es conocida mi aversión a mi cumpleaños, la minidepresión de 24 horas en la que me veo sumida sin remedio en cuanto el reloj marca las 0.00. Y podéis decir lo que queráis, y mostrarme lo equivocada que estoy, lo irrazonable de este comportamiento, pero nada podrá quitarme esta angustia existencial que se apodera de mí en cada aniversario.
Así que como no me puedo quedar en la cama regodeándome en mis neuras, porque además de ser mi cumpleaños tengo que trabajar ¡! (eso debería estar prohibido), me consuelo a mi misma gritando junto a Joel Fleishman (NO, NO QUIERO CUMPLIR 28 AÑOS). Y es que si hay algo que puede incluso con el paso devastador del tiempo es la buena compañía.
Si no fuera por vosotros (buena compañía) a veces sería incapaz de levantarme de la cama, y no podría bailar mi tradicional canción cumpleañera :)
Sus dedos de los pies ya estaban fuera de la cornisa, el pelo le revoloteaba frente a sus ojos y la brisa le hacía bailar el camisón frenéticamente. No tenía miedo de saltar, tan sólo estaba esperando, con la mano extendida, a que él la agarrase bien fuerte y juntos al fin contasen tres, dos, uno...
Las palabras no pueden decir la verdad la verdad no es decible la verdad no es lenguaje hablado la verdad no es un dicho la verdad no es un relato en el diván del psicoanalista o en las páginas de un libro. Considera, pues, todo lo que hemos hablado tú y yo en noches en vela en apasionadas tardes de café –London, Astoria, Arlequín– sólo como seducción en el mismo lugar que las medias negras y el liguero de encaje: estrategias del deseo.
Despertó cansada y entumecida en una cama que parecía víctima del paso de un huracán. Se desperezó y estiró una pierna hasta el suelo, un par de minutos más tarde el otro pie se alineó con el primero, y después de cinco minutos de complejas posturas realmente incómodas se incorporó y caminó desorientada por el piso.
Comprobó la pantalla apagada del móvil, descolgó el teléfono fijo para comprobar sus posibles mensajes y actualizó la página del correo electrónico. Nada, al menos no lo que esperaba. Por un momento se sintió libre de toda atadura, exenta de lazos y responsabilidades. Por unos instantes se supo fuera de todo pensamiento ajeno, fantasía o sueño. En ese lapso nadie la amaba, la odiaba, le echaba de menos o le recordaba fugazmente.
Así que subió el volumen, bailó, cantó y saltó, con el secreto propósito de molestar a los vecinos lo suficiente como para entrar en sus cabezas y no disiparse en aquel apartamento vacío.